viernes, 11 de julio de 2008

Testimonios de un fumador

Hace cuatro años que fumo marihuana. Cuando comencé ya había cumplido los dieciocho años. No es que hubiera esperado a ser “adulto”, pero coincidió. Recuerdo que fue en el departamento de una ex compañera de colegio, celebraba su cumpleaños. Llegué, la saludé y busqué a uno de mis mejores amigos, Ignacio. Me había prometido llevar un cogollo de fina selección, Super Skunk, para que fumara por primera vez. Mis ganas y curiosidad me dominaban. Salimos camufladamente, justo había empezado a llover. Caminamos una cuadra y nos pusimos bajo el techo de una tienda cerrada. No había nadie excepto nosotros y el “caño”. “Ya hermanito, póngale weno”, me dijo mientras me entregaba el cigarrillo de cannabis y un encendedor. Lo prendí, lo puse en mi boca e intente retener el humo lo más que pude, sin embargo, tosí. Sentí como el humo me raspaba la garganta. Así, lo fumamos en silencio. Al terminar Ignacio me preguntó: < ¿Cómo tai hermanito?> Lo miré lo más serio posible y le dije: <Pfff, soy de oro >. Estallamos en carcajadas. A diferencia de muchas personas, que no sienten mucho la primera vez que fuman, yo supe de inmediato que me sentía mucho más ligero, relajado y cómodo con todo y todos. Ese día comenzó el vuelo.

Ahora que escribo estas palabras me doy cuenta cómo he cambiado desde que la marihuana está en mi vida. Mi forma de pensar, mis objetivos, mi día a día, mis amigos, mis gustos, mi vestimenta, etc. Creo que si ponemos dos fotos mías, una actual y la otra de hace cuatro años, muy poca gente me podría reconocer. Debe ser porque mi pelo está largo, tengo barba, me visto con pantalones y chalecos de colores fuertes. O quizás porque mi pieza está pintada con los colores que identifican a un Rasta, verde, amarillo y rojo. He conocido a tantas lindas personas gracias al factor común “marihuana”, que, sinceramente, no puedo verla como una droga, ni menos, como una droga dura que se trata y fiscaliza al mismo nivel que la cocaína y la heroína. Al contrario, es una medicina.

El año pasado, en una fiesta de disfraces, conocí a Peter, un rasta alemán. Lo invité unos cogollos –a estas altura ya tengo mi planta y compro cuando necesito- y comenzamos a hablar del reggae y de las letras de Bob Marley. Yo en ese momento no sabía mucho del tema, pero al intercambiar un par de palabras con él, me di cuenta que pensábamos parecido: en la paz, el amor, la unidad y el respeto. En un camino sabio y humilde. Antes de irse a Jamaica, me regaló un collar con la cara de Jah Rastafari. Lo había comprado en un viaje a Etiopía. Me sentí honrado y feliz. Sé que esas cosas no pasan por casualidad, son señales del universo, del todo. De alguna manera puedo afirmar que la marihuana ha forjado mi destino, ha encendido en mí el Rasta que todos llevamos dentro, pero que pocos lo encuentran, sobre todo, si se vive una sociedad capitalista.

Tomás

2 comentarios:

Selah dijo...

Bless, hermano,
que el rastaman cubra la tierra, como el agua los mares....

JAH RASTAFARI!

creo y confio en que Jah nos dará la ganjah de cada día, para poder estar en armonía con nuestro Díos JAH VIVE"

Parsifal dijo...

Hola, contactaba contigo porque tienes una foto que pone sonrisas y rastas y es una amiga que no quiere salir en la red. Porfavor si fueras tan amable de quitarla nos harías un favor. Espero que la quites sino contactaremos con google y demás sitios, y estudiaremos medidas legales.
Muchas gracias.